Gladys

Malawi

GLADYS

La reina de las plantaciones de tabaco

Tiene cinco años. Su padre, Steven Banda, la dejó en St. Mary’s Rehabilitation Centre, Chezi, un centro para niños huérfanos situado a 50 km. de Lilongwe la capital del país. Dijo que su hija había nacido en las plantaciones de tabaco del norte del país, en Kasungu, que su madre Namanaya se había muerte después de dar a luz y se había llevado con ella a la hermana gemela de Gladys. Aseguró que las bebés eran prematuras y que aquella que llevaba en sus brazos iba a morir muy pronto. Todo esto dijo Steven Banda aquella mañana del 7 de diciembre de 1997.


Contó también que él era originario de Nkhotakhota, a orillas del lago Malawi en la carretera que une el país de norte a sur siguiendo las aguas del nyanya (lago en chichewa, la lengua del país). Su mujer era originaria de las montañas de Dowa, de Kachigamba. Se habían conocido mientras trabajaban como jornaleros en una de las numerosas plantaciones de tabaco que hay en esa zona de Kasungu.
Dijo que cuando a Namanaya le llegó el parto dio a luz en la propia plantación, que fue después cuando la llevó al hospital y que allí se murió. Que la enterró junto con la otra bebé en la plantación y que a Gladys la alimentó en ese tiempo con polvo de leche y agua. Estaba seguro que se moriría por eso la llevaba a su pueblo a orillas del lago para enterrarla alli. Alguien, cuando el autobús en el que viajaba se paró ante St. Mary, le dijo que allí había un centro para niños huérfanos y decidió bajar a preguntar si querrían a un bebé moribundo como era aquel.
Las religiosas que dirigen el centro, Misioneras de Maria Mediadora, aceptaron a Gladys, una de tantas huérfanas víctima de la miseria y la enfermedad y desde ese día se convirtió para todos en la princesa de las plantaciones de tabaco, aquella que pasó los cinco primeros meses de su vida arropada por bolsas de agua caliente y que creció bajo la protección y el cariño de aquellos que no eran nada suyo pero que la querían como si fuera la única hija de una numerosas familia formada por niños y niñas de distintas edades y procedencias.

La mujer malawiana

En la sociedad malawiana el papel de la mujer, de la madre es fundamental. Todo el entramado familiar gira entorno a la figura femenina. Ella es la que trabaja en el campo, la que lleva la casa y la que cuida de los hijos. El hombre se mantiene en un cómodo segundo plano. Si el marido muere su familia puede despojar a la viuda de todo pero si es la mujer la que fallece, es el hombre el que por lo general debe abandonar el poblado y buscar otra mujer. Los hijos no le pertenecen, son propiedad, en ausencia de la madre, del hermano mayor de la mujer.
Hasta hace unos años el concepto de huérfano no existía en Malawi. Los clanes familiares asumían a todos los niños: el tío o los tíos eran los encargados de velar por ellos. El SIDA ha roto esta tradición ancestral. Son los abuelos los que en ausencia de sus hijos deben hacerse cargo de los huérfanos. Todo el entramado familiar se ve trastocado y muchos niños condenados a malvivir a espaldas de unos abuelos demasiado viejos para cuidar de sí mismos.
Las Misioneras de Maria Mediadora fueron fundadas en 1942 en Bayona, Pontevedra, por Rosario Fernández Pereira. En 1986 llegaban a Malawi para hacerse cargo del hospital de Mlale a 35 km. de la capital Lilongwe y en 1993 abrían el centro de St. Mary’s Rehabilitation Centre para acoger a niños malnutridos. La realidad salió a su encuentro cuando se dieron cuenta que en los poblados de los alrededores malvivían muchos niños huérfanos a los que el SIDA, las enfermedades y la falta de asistencia les había arrebatado a su madre.
En la mision de St. Mary viven 124 huérfanos. Sus familias los llevaron allí porque no tenían medios ni personas para hacerse cargo de ellos. Paralelamente otros 350 eran registrados en los poblados de los alrededores y ayudados desde la misión. Todos son una pequeña, pequeñísima, muestra de lo que ocurre en el país donde se asegura hay ya más de un millón de huérfanos en su mayoría por culpa del SIDA. St. Mary, como tantos otros centros en el pais, es la esperanza de muchos niños y de muchas familias que han encontrado allí un lugar seguro para sus huérfanos.

La más olvidada

Nadie la visitó, nadie fue a St. Mary a verla, nadie se preocupó por ella cuando la operaron de un pie, ningún familiar se acercó a la misión. Durante las vacaciones de Navidad cuando todas las familias iban a recoger a sus niños para llevarlos al menos dos semanas al poblado, ella, Gladys, se quedaba con los rezagados aquellos que tarde o temprano se irían porque aún nadie los habia recogido. Ella no, no había ningun abuelo o tio que la esperara. Sólo la mujer que la cuidaba, la madre que desde que llegó al centro se había hecho cargo de ella, se la llevaba unos dias a su propio poblado para que experimentara la vida auténtica en los pueblos del país. Sí, ella también tenía sus vacaciones aunque no fuera con su gente.
Todos estaban convencidos del halo especial que envolvía a Gladys y tenían la certeza de que aquella historia contada por su padre era cierta. Al menos lo fue hasta el 30 de septiembre del 2002. Ese día dos gemelas llegaban a St. Mary o Chezi como se le conoce en la zona. Dos niñas, Rita y Catherina, huérfanas desde horas después del parto. Su madre, Lelia, se había muerto desangrada después de haber dado a luz en el pueblo. Y justo ese pueblo era Kachigamba, aquel de quien un tal Steven Banda habia dicho era la madre de Gladys.
Para llegar a Kachigamba hay que tomar una pista de tierra, recorrer 42 km desde la misión de Chezi y hacer los dos últimos kilómetros andando. El poblado escondido en las colinas de Dowa, una de las zonas más pobres del país, se extiende en la montaña y llama la atención porque sus habitantes han buscado recursos para sacar más provecho a la tierra ya de por sí pobre.
Y en Kachigamaba todo el mundo conoce la historia de Gladys, la última hija de Namanaya, la mujer que tuvo tres maridos y se había ido con el último a las plantaciones de tabaco. De allí había vuelto enferma tras dar a luz en Kasungu y se habia muerto en el hospital de Dowa a 24 km del poblado. Namanaya la mujer que había vivido su propia vida y dejado seis huérfanos, algunos de ellos ya casados. La madre de una bebé a quien su padre Steven habia recogido, tras enterrar a su mujer en el pueblo que la vio nacer, y la entregó a la misión de Chezi porque allí la cuidarían. Esa era la historia cierta de una mujer que no habia muerto en el norte del país sino cerca de su poblado porque su marido sabía que nadie, si puede evitarlo, muere lejos de los suyos, por eso le había pedido a su jefe que la llevara hasta Dowa para que viera a su gente antes de irse definitivamente.
Y en Chezi dejó a su hija y todo el mundo lo sabia. Lo sabía su abuela, esa vieja que aseguraba no conocía el camino para ir a la misión. Y lo sabía su tío que se pasaba la vida yendo y viniendo a las plantaciones de tabaco de Kasungu intentando sacar un poco de dinero que nunca recibía porque ya lo había gastado comprando comida fiada. Y lo sabían también sus hermanos mayores, aquellos mocetones que apenas alegaban excusas sin sentido para disculpar su ausencia durante esos cinco años. Y el jefe del pueblo y todos los familiares, todos y cada uno tenían la certeza de que Gladys vivía a 42 km de aquel pueblo pero nunca habían hecho nada para visitarla.
Y todos sabían también que Steven Banda se había muerto en marzo de este año 2002 durante la hambruna que asoló el país porque le sorprendieron robando maíz y el propietario lo había matado con una lanza.
Lo sabían todo menos que Gladys los necisataba, que ellos eran su gente y que por mucho cariño que tuviese en la misión ella quería como los otros niños disfrutar de su pueblo y de su familia. Y prometieron que la visitarían, que la llevarían al poblado para que viviese en la tierra en la que nació su madre, que lavarían su desinterés demostrándole que la querían, que era de ellos.
Y se fue el halo que perseguía a Gladys pero no dejó por eso de ser la princesa de las plantaciones de tabaco, la princesa que llegó del norte cargada con un saco de dolor y otro de esperanza, la que intenta enterrar, junto con los otros huérfanos, el primero, para vivir sólo para el segundo, para el auténtico.

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