Maite

Malawi

MAITE
La reina de la ternura

Querida Maite, como tú y contigo he conocido a tu abuela. Hemos ido a visitarla y la imagen de esos dos ancianos contigo en brazos no se me olvidará en mucho tiempo. Me permitiste ser espectadora de un momento lleno de ternura y cariño, y con esa misma ternura y cariño quiero contar tu historia, la que me contaron y la que yo misma he vivido a tu lado.


Me dijeron que llegaste a Chezi en el cumbuyo de tu abuelo, a su espalda, tenias seis meses. El anciano había venido como cada jueves a recoger la harina que aquí se repartía. Teresa reparó en él y le llamó. Te vio y le preguntó quien te cuidaba, “yo”, respondió él, “tu no puedes cuidarla, eres muy mayor”, “entonces te la regalo”, le contestó. Las mujeres que esperaban en la fila insistieron a Teresa para que te recibiera. Le contaron que vivias con tus abuelos ancianos y tu madre, que tu abuela no podía apenas caminar.
De tu madre, Maite, quisiera hablarte con sinceridad y respeto. Tu madre tenía un desequilibrio y como algún día sabrás esas mujeres aquí son ulizadas, usadas y después tiradas. Naciste tú y estoy segura que ella te quiso y así te lo demostraba cuando venía a visitarte y te traía un pescado, una mazorca, regalos que el hombre con el que había estado la noche anterior le había dado y que ella te ofrecía porque era lo que tenía. Te quiso, tú lo sabes, a su manera, a su modo, pero te sentía de ella. Tu madre murió de la peor manera, alguien, muchos, abusaron de ella un día hasta reventarla, la dejaron tirada. No fue capaz de recuperarse. Te dejó, se llevó con ella el misterio de su vida, la angustia de saberse un juguete y no poder defenderse ni oponerse.
Te quedaste en Chezi. Fuiste creciendo. Cuando te conocí tenias cuatro años. La semana en que llegué a St. Mary’s contemplé a tu abuelo como te sentaba en sus rodillas y os estabais así, los dos, sin decir nada. Era jueves. Luego me enteré que todas las semanas ese día, coincidiendo con el mercado, se repetía la misma escena, el mismo derroche de amor: un anciano canoso y una niña que se miran.
A los tres meses de mi llegada tu abuelo enfermó. Lo trajeron al dispensario y lo ingresaron. Le visitabas, lo saludabas, te sentaban en su cama y repetias la historia de ternura inciada cuando el anciano te llevaba en su cumbuyo, os mirabais, eso bastaba. A veces, sabes, yo le llevaba a la habitación leche con galletas o cualquier cosa. Me enternecía ese hombre, me recordaba al abuelo que nunca conocí, pero sobre todo al padre que tenía lejos, viejo y canoso.
El anciano se fue a su poblado, Mtalanje, y ya no pudo venir a visitarte los jueves. Un jueves decidí ir a verle, le pedí a Teresa una foto tuya para enseñarsela a tu abuela y Teresa me dio el primer regalo de ese día, “llevate a Maite, me dijo, que la vean en persona”. Así fue como te prepararon para la excursión. ¡Qué guapa ibas! ¡Toda una mujer! Me esperabas a la entrada del centro, recogimos un saco de harina e inicamos el camino a Mtalanje acompañadas de Patrick y de Zaqueo. Sabías a donde ibas, ¡claro que lo sabías!, tienes casi cinco años y entendías perfectamente que ese era un día grande para ti: ibas a conocer a tu abuela.
Tu abuelo estaba solo. Te recibió con los brazos abiertos repitiendo esa expresión malawiana “mwananga”, “mi hija”. Te acogió, le saludaste como hace la gente de aqui y te sentaste en sus rodillas, nada nuevo para vosotros, salvo que a él se le escapó una lágrima; eso no pasaba otras veces, ¿verdad Maite? Hoy era diferente, tú eras quien le visitaba, éste era tu jueves. Así estabas cuando apareció tu abuela, apoyada en su bastón. Entró en la pequeña choza, se sentó en el suelo con dificultad, nos saludó. El abuelo le dijo algo, solo capté Maite e intuí que el anciano le contaba que tu eras la nieta que no veía desde hacia cuatro años. Extendió los brazos y tú, sin que nadie te lo dijera, te fuiste con ella, te sentaste en su regazo y dejaste que te mirara, te contemplara, observara cómo habias crecido, lo guapa que estabas. Y repetía “mwananga, mwananga”. Mi corazón, creeme Maite, estaba encogido, con dificultad ahogaba el nudo que tenía en la garganta y quería salir. Recordé otra palabra “Abba”, la pronunció un hombre al que intento seguir, al que admiro y al que quiero. Las dos expresiones me llenaban de amor, de ternura… me emocionaban.
Patrick hablaba con el abuelo y me contaba en inglés lo que decía, lo orgulloso que estaba de ti, lo feliz que se sentía de tenerte en Chezi, de que estuvieras con nosotras, la certeza que tenía de que nunca te dejariamos, que estariamos a tu lado. De repente metiste la mano en tu bolsillo y le diste a tu abuelo dinero. Nos sorprendimos. Te lo había dado Angela para él, no lo olvidaste y se lo entregaste. Y mientras, la abuela te contemplaba, te miraba. Llegaron dos vecinos del poblado y le faltó tiempo para decirles que eras su nieta, la nieta que había crecido.
¿Qué sentias tú, Maite? ¿Qué pensabas? ¿Fuiste consciente de ese momento? ¡Estabas tan serena, tan en tu sitio, tan auténtica¡
Tuvimos que romper ese instante, había que volver a Chezi. Les dejamos la harina que habiamos llevado y nos despedimos. Tu abuela reparó en tu chitenchi, lo habias llevado por si te cansabas y necesitabas ir a la espalda. Nos lo pidió. Patrick me preguntó qué haciamos, ¡qué ibamos a hacer! ¡dárselo!, era tu chitenchi, es cierto, pero para ella era ya un sacramento, una reliquia. Entonces tú se lo diste, como se dan aqui las cosas, con la mano derecha y una pequeña inclinación en señal de respeto. Esa anciana, Maite, no olvidará ese instante, ni yo tampoco. Vi a una mujer feliz y agradecida que cogía tu chitenchi y lo contemplaba. Estuviste siempre con ella pero ahora te quedabas en algo que te había acompañado desde siempre.
Nos volvimos. Llegamos a Chezi. Mi cabeza era un hervidero de ideas y mi corazón de sentimientos. Agradecí al Señor el haberme permitido acompañarte, el estar a tu lado, el vivir este momento contigo. Venias contenta, sonriendo, como siempre. Te fuiste directa a la clase de los pequeños y yo corriendo a contar lo que había vivido, lo que había observado, lo que había sentido.
Por la tarde nos visitó un vecino de tus abuelos, vino a buscar medicinas. Y nos dijo que esos dos viejos eran felices, que estaban dichosos, que te habian visto. Y tú Maite ¿cómo estás, que sientes? Al día siguiente, cuando nos encontramos, me diste la mano y yo, no sé por qué, entendí que ese gesto era un pacto secreto entre dos personas que han estado juntas en un momento único, irrepetible, que saben que hay un instante que les une para siempre.
Nunca podrás leer esto Maite, quizás algún día logre contarte en chichewa, tu lengua, la experiencia vivida cuando acompañé a una niña a conocer a su abuela, cuando a su lado sentí que el amor, la ternura, el cariño está por encima de distancias, de años, de dificultades, de tropiezos… el amor está en cada uno, en el corazón y tu mejor que nadie lo sabes, y tu mejor que nadie lo experimentaste.

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