TIMVE ONA

Lago Malawi

Le llamaron Timve Ona que en su lengua significa “el que escucha y ve”. Podrían haberle llamado de otra manera pero para ellos aquel extraño personaje se definió por lo que hacía y desde que lo conocieron él no hizo otra cosa que escuchar y ver.
De generación en generación han ido contando la historia. Por nada del mundo querrían perder el recuerdo de un acontecimiento que tan profundamente les marcó. Por eso, cada 11 de enero celebran el dia de Timve Ona recordando que ese día le vieron por primera vez . Día de fiesta donde todo el poblado baila y canta. La escuela primaria Timve Ona se convierte en centro de acogida y desde allí se organiza y prepara la celebración. Todo es especial y hasta los pacientes del pequeño hospital con el mismo nombre disfrutan de un momento único en el que bajo el misterio y el embrujo de alguien que pasó hace muchos años, todo se vuelve mágico.
Pero es al lado del obelisco en memoria de Timve Ona donde se produce el momento de éxtasis. Allí, frente al inmenso lago de agua, una y otra vez los habitantes del minúsculo pueblo de pescadores evocan y renuevan su esperanza en el hombre que una noche les trajo la alegría de lo desconocido y les enseñó a mirar más allá del horizonte; a dirigir su mirada por encima del perfil de unos montes que les dice que el mundo no se acaba en aquella orilla.
Cuenta la gente y así ha llegado hasta nuestros dias que aquel 11 de enero quedó marcado en la memoria de todo el pueblo. En plena época de lluvias la noche les había sorprendido con una terrible tormenta. Todo empezó sobre las seis de la tarde del dia 10. A esa hora la atmósfera se llenó de calor y el cielo de nubes color ceniza que con el paso de las horas se fueron volviendo negras. La gente supo lo que se avecinaba y se preparó en sus casas de paja para pasar una de las muchas tormentas que en aquellos dias se producían. Los pocos pescadores que habían salido se apresuraban a regresar en sus pobres barcas antes de que el cielo dejara correr los rios de agua allí atrapados. Todo transcurría según lo acostumbrado y dictado por la tradición. Pero en aquella ocasión todo fue distinto.
Dicen que los primeros relámpagos perforaron el agua del mar de lo certeros que caían. Alguien a quien la tormenta pilló lejos de la orilla y se afanaba en volver para poner a salvo sus pocos enseres, lo vio y llamó a la gente. Desde arriba alguien enviaba espadas afiladas y punzantes hiriendo las mansas aguas del lago que inmutables recibían aquellas heridas de muerte. Después apareció el ruido, siempre era así, pero aquel día era como el toque de miles de tambores a un mismo tiempo. La bóveda celeste enviaba mensajes a la tierra, se dijeron algunos, porque aquello no podía ser un espectáculo gratuito, los espíritus estaban hablando. Cuando se abrieron las compuertas y el agua empezó a correr, la gente se retiró a sus chozas aún impresionada por lo que veían y los más atrevidos que permanecieron mirando desde algún rincón se cansaron de contemplar tal derroche de luz.
La noche no fue tranquila. La gente apenas pudo dormir. Una y otra vez rugían los tambores y la luz preñaba las chozas de claridad abandonándolas después al silencio y la oscuridad. La historia recoge que nunca hasta entonces se vivió tal cosa y que muchos pasaron la noche con la certeza de que algo ocurriría porque sólo los espíritus podían enviar tales señales.
Quizás por eso nadie se sorprendió cuando al amanecer reconocieron la figura de un hombre sentado sobre una roca mirando al mar. Tampoco era extraño para aquella gente ver forasteros por allí contemplando la belleza y la inmensidad del lago. Aquella figura podía ser la de cualquier curioso que atraído por leyendas e historias quería cercionarse de la majestuosidad de un gran charco cargado de misterio. A medida que aquel 11 de enero transcurría y que las pequeñas barcas de madera salían a pescar cayeron en la cuenta que nada perturbaba aquella figura.
Los primeros en acercarse fueron los niños. Cuando se fueron a la escuela en las tempranas horas de la mañana él estaba allí y cuando volvieron seguía. Lo que vieron al acercarse fue un hombre joven que vestía como ellos y sonreía como ellos. Lo extraño era su mirada perdida más allá de la orilla, clavada en algún punto, inmutable.
Quisieron hablar con él pero no parecía tener deseos de entablar una conversación. Tampoco ellos eran muy habladores así que niños y mayores le rodeaban sin preocuparse en exceso por saber más. Tampoco nadie se sorprendió cuando se acercó a un pescador y le pidió si podía salir con él. Muchos hacian la misma petición y ellos gente amable y acogedora aceptaban. Parecía que todo transcurría normal, como si desde años estuviese escrito que aquello ocurriría y ellos sólo debía ejecutar lo que otros escribieron. Timve se adentró en el lago como cualquier otro, primero en compañía de un experto lugareño y después sólo. Pescaba lo necesario y un poco más que ofrecía a cualquiera que pasara por allí deseoso de saborear el pescado fresco del lago. Con el escaso dinero que conseguía se abastecía de otras cosas, igual que el resto de habitantes de aquel poblado sin nombre al que llegó.
Ocupó una choza medio derruida. Con pocas palabras, dicen quienes escriben la historia, le pidió al jefe del pueblo si podía ocuparla y aunque parezca extraño el viejo le dio el permiso sin preocuparse por saber quién era y de dónde venía. Era lo natural, todos estaban de acuerdo en que aquello tenía que ser así. E inició su vida en el poblado, una vida como la de todos, sin sobresaltos ni angustias, marcada por el ritmo del lago y por sus largas e interminables horas sentado frente a él. Eso ero lo curioso y extraño para todos.
No está registrado el día ni el momento en que comenzaron a llamarle Timve Ona. No es histórico que fuera coincidiendo con la primera luna llena después del 11 de enero pero a falta de otro dato todos lo dan por bueno. Lo que sí es cierto es que fue un niño quien primero le llamó así porque no supo explicarle a su madre porque había tardado tanto en regresar a casa. Se limitó a decir que había estado con “aquel que escucha y mira”. Y asi le comenzaron a llamar todos, Timve Ona y él enterado de su nombre aceptó aquel regalo que el poblado le ofrecía porque a partir de ese día dejó de ser forastero en él.
Según los testimonios recogidos en las biografias e historias de Timve Ona, al menos pasaba de cinco a seis horas sentado en la piedra mirando el lago. El amanecer y el atardecer siempre le sorprendía allí y dicen que fueron muchas, incontables, las noches que pasó sentado en aquel sillín, la mirada fija en un punto, clavada más allá de la orilla. A veces no estaba sólo y grupos de niños o adolescentes le acompañaban, grupos bulliciosos que poco a poco fueron aprendiendo a respetar el silencio de la escucha y a ver entre las sombras. No hacian falta muchas palabras sólo estar y contemplar porque la sola presencia de Timve Ona bastaba para saborear el momento e imaginar el día en que el gran misterio se desvelara.
Por eso nadie se sorprendió, dicen, cuando una noche él comenzó a hablar. De padres a hijos se ha ido trasmitiendo lo que aquel hombre contó aquella primera vez. Aquella noche mágica donde la luna pintaba estrellas en las aguas del lago, Timve inició el relato de su vida saltándose todo lo que hacia referencia a su nacimiento e infancia, pero este fue un dato que nadie necesitaba ni se preocupó en averigüar.
“Después de recorrer caminos extraños donde las noches se convertían en pozos oscuros sin túnel para salir, un día descubrí la luz del lago, la claridad de estas aguas que embrujan y llaman. Cansado de tanto viaje me senté en está piedra y el agua me habló. Supe entonces que estuve perdido y que había encontrado el lugar que desde siempre había estado buscando y esa certeza es la que me hace vivir. La quietud del lago me susurra que en el fondo de él existe una ciudad habitada por hombres que se alimentan de paz y fraternidad.
El mundo no se acaba en esta orilla ni vuestra gente es esta gente. Allá en el fondo veo y contemplo lo que hay, porque si levanto la vista de él mi mirada se ciega con tanta hipocresía y violencia. Más allá de aquellas montañas que se dibujan a lo lejos está lo otro, lo que conozco y no me gusta pero no sé cómo cambiar.
El silencio me habla de momentos cargados de sentido donde tú y yo compartimos desde lo que somos sin fingimientos y la claridad me envia señales para que vea más allá de lo que tengo delante, para que te vea a ti.
A esa ciudad quiero llegar pero aún no he descubierto el camino. Yo, tan acostumbrado a recorrer mundo, estoy atado a esta piedra hasta el día en que vea y entienda cómo llegar allí. Cada mañana cuando salgo a pescar pienso que quizás el lago me muestre el pasadizo que me introduzca en ella pero lo que encuentro son pequeños pescados que me ayudan a vivir.
Cuando escucho el suave rumor de las olas cierro los ojos y dejo que mi imaginación recorra mundos conocidos. Y descubro que nada de lo pasado fue en vano y hasta los peores momentos que he vivido eran pasos que me acercaban a este momento único e irrepetible de contemplar el lago y adentrarme en él”.
Así habló aquella primera noche y lo siguió haciendo muchas otras más. Pero la gente retuvó en su memoria ese momento especial. A partir de aquel día todo el mundo comenzó a mirar las montañas como si tuviesen vida y allá en el fondo, en la lejana orilla, alguien les mirara y llamara. Con sus palabras Timve había llenado el aire de sentido, de esperanza.
Después de tantos años y de tantos estudios aún nadie puede precisar quién fue aquel que llegó. Los que contemplan la historia desde lejos piensan que era un iluminado que quiso parecerse a los profetas o a los dioses que recogen los libros y que tantos seguidores han creado y dudan de que lo que está escrito sea cierto. Concluyen sus estudios asegurando que fue un aventurero que cansado de recorrer mundo se paró enfrente del lago y no se movió. Otros piensan que fue un visionario, alguien tocado de intuición que vio más allá y quiso descubrir un mundo aún por llegar.
-. Sí pero ¿cómo acabó la historia?
Parece ser que se quedó en el poblado un tiempo. Se terminó la época de lluvias, llegó el frio y de nuevo los cielos se abrieron para dejar correr el agua allí almacenada. Timve no cambió sus hábitos y continuó haciendo lo mismo que había hecho siempre: contemplar el lago.
Las biografias no recogen la hora exacta de su desaparición sólo cuentan el momento en que el poblado percibió que se había ido. Se habían acostumbrado a su presencia y no les sorprendía verle sentado en la piedra. Cuando se retiraban a sus chozas era la última imagen que tenían del lago y la primera que recibían en la mañana.
Fue un 30 de abril, la noche había sido tranquila, un poco fria anunciando los meses que se avecinaban. El viento no había azotado las aguas del lago como solía hacer de vez en cuando y el sol despuntaba tras las lejanas montañas del horizonte.
Cuando la gente se asomó a las puertas de las chozas percibieron que él no estaba y les sorprendió porque siempre les aguardaba allí. Dirigieron entonces la mirada hacia el lago pero tampoco descubrieron su barca. Corrió la voz por el pueblo y la gente comenzó a hacerse preguntas. Pronto todos estaban al tanto: Timve Ona había desaparecido, no estaba.
Se fue como llegó porque nadie supo dar explicación ni de su llegada ni de su partida. Hubo rumores de todo tipo desde quienes dijeron haberle visto sentado en lo alto de una montaña mirando el horizonte hasta quienes lo adivinaron en un bote adentrándose en el lago. Lo que pasó realmente nadie lo supo pero todos estuvieron de acuerdo en guardar y mantener el recuerdo de un hombre que les enseño a escuchar el silencio y a ver las luces blancas del día, que les abrió hacia otros mundos y les invitó a mirar más allá de lo que tenían delante. Ese fue Timve Ona y asi quisieron recordarle y así lo recuerdan. Y de generación en generación transmiten sus palabras. “El mundo no se acaba en esta orilla” dijo y aunque muy pocos pudieron comprobarlo saben que más allá de los montes hay algo distinto y misterioso.
Por eso cada 11 de enero se reunen ante aquel obelisco y con unción leen sus palabras: “Y descubro que nada de lo pasado fue en vano y hasta los peores momentos vividos eran pasos que me acercaban a este momento único e irrepetible de contemplar el lago y adentrarme en él”. Timve Ona el que escucha y mira y recorre el espacio para vivir y saborear el placer de encontrarse con lo que siempre estuvo buscando.

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